LOS SERES LUMINOSOS DE PUENTE DE DIOS

La gente de Tamasopo y los alrededores advierten a los visitantes que en la cascada de Puente de Dios se forman peligrosos remolinos y que por tal razón quienes se meten a nadar ahí pueden morir ahogados. Cuando algo así ocurre, rescatan los cadáveres para luego transportarlos a su lugar de origen y darles las honras fúnebres. Sin embargo, se dan casos en que jamás los encuentran; nadie sabe dónde quedan esos cuerpos, situación que constituye parte del misterio.

Se dice que atrás de la cascada hay una cueva y dicen que ladrones del pasado ahí escondieron un tesoro que habían robado de una de las haciendas. Al parecer, nadie ha logrado traspasar hacia la parte trasera de la cortina, pues los chorros de agua producen corrientes tan turbulentas que tornan muy peligrosa esa parte del río. Cuentan, sin embargo, que hace muchos años una familia llegó a pasar un día de campo a Puente de Dios. Como desconocían las advertencias acerca de los peligros, tras haberse metido a nadar, todos se ahogaron, excepto uno de los hijos. Él tuvo la triste experiencia de ver cómo los remolinos se tragaban a cada integrante de su familia y no pudo más que echarse a llorar sentado a la orilla. No sabía qué hacer, si ir al pueblo a pedir ayuda o dejarse morir también, porque de todos modos ya había perdido a todos sus seres queridos.

La noche cayó y él seguía en el mismo sitio, inmerso en su profunda tristeza. En eso, vio que unas personas salieron de atrás de la cascada, aunque eran muy diferentes a cualquier ser humano: eran seres luminosos. Por un momento pensó que las ánimas de sus familiares habían regresado del más allá, pero luego se dio cuenta que esos espíritus volvieron a meterse por donde habían salido. Armándose de valor, se quitó sus ropas y se lanzó al agua para llegar hasta la supuesta cueva que cubre la cortina de agua.

Nadó hacia la cascada por un lado y con gran esfuerzo alcanzó la parte de atrás; era roca viva, pues no existía puerta ni entrada a cueva alguna. Estaba seguro de que aquellos seres luminosos habían entrado y salido por ahí y decidió aguardar para ver si aparecían de nuevo. Esperó ahí durante largas horas, expectante y triste, a la vez.

De pronto, de un remolino que formaba la cascada al caer, en su parte trasera surgieron más de esos seres luminosos. Cuando éstos lo vieron sentado ahí, sólo lo saludaron y se fueron hacia el bosque. Más tarde, volvieron y entraron de nuevo por el mismo remolino. El muchacho, tirándose de clavado, los siguió.

Era de noche, el agua estaba muy fría y sintió que se ahogaba. No podía ver nada. El remolino lo hacía dar vueltas y vueltas. Siguió nadando hacia abajo. De repente, abrió sus ojos y vio que en las profundidades había un pueblo, pero era un pueblo diferente a los que él conocía. También la gente era distinta, pues sus cuerpos eran luminosos y no opacos, como los de los humanos. El muchacho «caminó» entre esos habitantes y por fin encontró a sus familiares, quienes, de igual forma, ya tenían la apariencia de los demás. Un anciano se le aproximó y le dijo que mejor se fuera de ahí, pues ése era un lugar donde los humanos no podían vivir en sus cuerpos. El muchacho pidió que lo dejaran quedarse; aparte del anciano, habló y con otros seres luminosos, también con sus familiares; de hecho, lo hizo con todos y les dijo que su máximo deseo era el de permanecer ahí por toda la eternidad. Los habitantes tuvieron una reunión y hablaron entre ellos. Al cabo de un rato, le informaron que podía quedarse tres días solamente para que disfrutara de sus familiares por última vez. Como no tenía mejor alternativa, aceptó. Al tercer día, se despidió de sus padres y hermanos para siempre. Otros seres luminosos de ese extraño pueblo lo acompañaron a la salida y le desearon buena suerte.

 

De regreso en su ciudad, descubrió que todo era distinto. Ya nadie lo recordaba a él ni a su familia, pues habían pasado 30 años desde su desaparición. Treinta años y él seguía igual de joven.

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