Las predicciones de Juan del Jarro

Juan de Dios Azios Ramírez era un pordiosero cuya humildad le ganó el aprecio de miles de habitantes en la ciudad de San Luis Potosí.

Mejor conocido como Juan del Jarro (debido al pequeño jarro de terracota que siempre lo acompañaba) dedicaba las ganancias de sus limosnas a gente necesitada, incluyendo ancianos y otros en su misma situación.

Se dice que Juan del Jarro era un hombre excentrico, que odiaba el mes de julio y el baño. Además, nunca le faltaba un refrán y poseía una excelente memoria.

Con el tiempo y según cuenta la leyenda, a del Jarro se le empezaron a atribuir poderes de adivinación. Él podía escuchar el futuro de las personas en el jarro de terracota que cargaba a todos lados.

Sus predicciones

Cuentan que cierto día del mes de enero, en San Luis Potosí hace un frío intenso, por lo que Juan del Jarro fue invitado a comer a la casa de un humilde trabajador.

La casa era de Anacleto Elizalde quién y comió con él y su familia compuesta por la esposa y sus dos hijos.

Al terminar la comida Juan le dijo a su viejo amigo:

—Cleto, vengo a que me ayudes con algún dinero para que remedie en parte las necesidades de tanto pobre del barrio del Montecillo; aunque donde quiera hay pobres, parece que allí ha sentado sus reales la pobreza.

—Te vienes a burlar de mí o estás de muy buen humor y me quieres hacer reír, aunque ninguna gracia tiene que me pidas ayuda económica conociendo mi extrema pobreza; estoy tan miserable como tus pobres del Montecillo.

— Lo sé, pero dentro de muy pocos días serás más rico que tu patrón, que hoy te tiene trabajando como barrendero, y conste que él tiene la mejor tienda del barrio, además de algunas casas que renta.

—¿Y cómo será que voy a tener tanto dinero?

— No sé la manera, pero tú serás muy rico; para entonces prométeme que me ayudarás.

Resulta que Anacleto Elizalde era hijo natural de un hombre muy rico, propietario de una gran hacienda en San Luis Potosí.

El hombre que agonizaba, había dejado un legado consistente en muchos miles de pesos en oro para su hijo a quién jamás había vuelto a ver desde que la madre, en un tiempo sirvienta de la casa, había desaparecido con el fruto de su romance.

Ya muerto el hacendado, su fiel administrador encontró a Anacleto Elizalde, entregándole la cuantiosa herencia.

Anacleto cumplió la petición que le hizo Juan del Jarro dandole ayuda a la gente del barrio del Montecillo.

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Vestir Santos

A Juan del Jarro lo asediaban las mujeres solteras que deseaban saber si se quedarían “a vestir santo.”

Se dice que una vez una bella y distinguida muchacha de la aristocracia potosina, preguntó al vidente:

—Quiero que me digas si voy a ser casada o me voy a quedar para vestir santos.

—No, bella señora; tú no te quedarás para vestir santos, si con eso te refieres a quedarte soltera toda la vida; tú te casarás, pero aún casada, muchos santos vestirás; mas ten por seguro que tu marido no será el padre del hijo que ya llevas en las entrañas.

Increíblemente molesta y abochornada, la mujer por algunos años abandonó la ciudad a la cual regresó, ciertamente casada y con un hijo que no era de su marido.

Pasando el tiempo, el hijo de la dama, ya viuda, se ordenó Sacerdote y ella estuvo encargada del guardarropa de la Parroquia del pueblo. Ella, confeccionaba los vestidos de los santos.

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La inundación

Antiguamente, especialmente en la zona norte, siempre habías existido una escasez de lluvias.

Por ello, había una falta de presas para contener el poco líquido que caía en la ciudad.

En aquellos tiempos, después de una sequía de varios años, Del Jarro pronosticó que San Luis se acabaría por una inundación.

Mucho tiempo después de la predicción, fue construida la “Presa de San José”.

En una temporada de lluvias septembrinas, la represa no pudo contener la avalancha de agua y ocurrió el trágico suceso:

Se cuenta que al sonar las once campanadas de la noche del 15 de septiembre del año de 1933, la inundación sorprendió a los habitantes del barrio de Santiago.

La represa reventó arrasando el poblado.

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